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¿Qué siente cuando, por cortesía, le abre la puerta a alguien y esa persona ni se inmuta y sigue su camino sin darle las gracias siquiera con la mirada? Y usted, además de correr el riesgo de recibir un portazo en la nariz, se quedó justo ahí, esperando un ¡gracias! que nunca recibió y con emociones revueltas, como cierto escozor en el estómago, innegable rabiecilla y hasta indignación.

Pero estimular la gratitud es vital “porque una de las necesidades humanas es el reconocimiento social, familiar, laboral”, apunta Rodríguez. Recibir un “gracias” es una manera de ser aprobado, de pertenecer y de estar vinculado con otros de forma positiva.

Sin embargo, no debe ser ejercitada por pura etiqueta social o como alimento para el ego, ya que “es una forma de generar lazos afectivos y estos se cultivan con una sonrisa, al recibir la mano como apoyo para bajarse del Transmilenio o cuando miras y agradeces a las personas del ascensor que se organizaron mejor para que pudieras entrar”, dice la psicóloga comunitaria Lorena Suárez.

Esos lazos, que se crean y fortalecen a través del reconocimiento que se hace del otro por lo que nos brinda, facilitan también el desarrollo social. Y la gratitud gana valor cuando se estimula sin grandes marcos de celebración como el nacimiento de un niño o el cumpleaños de un amigo. Si ocurre de manera inesperada, deja una huella de agrado y gusto en la memoria de las personas y las relaciones.

Precisamente al cultivarla a lo largo de la vida promueve la cordialidad, el bienestar y revierte en buena salud. De eso se tratan en general los festejos, las celebraciones y conmemoraciones sociales, pero no tiene sentido hablar de gratitud solo en estos eventos que unen, alegran, invitan a recordar y reconocer, pues no son los únicos espacios para hacerlo. Ni “debe asociarse (como de hecho se hace) al intercambio de regalos, porque termina por vincularse un valor humano a un sistema de pagar deudas con objetos, y ahí pierde toda gracia”, explica Suárez.

Buena para la salud

Las expresiones de agradecimiento son un hábito saludable que alimenta la felicidad. Incluso hay quienes se arriesgan a decir que estimulan el optimismo y los niveles de energía. Pero así como no se baja de peso si se va solo una vez a la semana al gimnasio, lo mismo sucede con los modales. No es suficiente decir gracias de vez en cuando.

Los psicólogos Robert Emmons, de la Universidad de California, y Michael McCullogough, de la Universidad de Miami, adelantaron un estudio con tres grupos de personas. Al primero le indicaron que escribiera sobre momentos o experiencias por los cuales estaban agradecidos, al siguiente sobre qué les habían molestado a diario y, al último, sobre eventos que los hubieran afectado. Tras 10 semanas, advirtieron que el primer grupo fue el más optimista, el que sentimientos más gratos demostró por la vida, el que más se ejercitó físicamente y menos consultó al médico.

Ese comportamiento no es gratuito. “Las personas resonamos con la vida que llevamos”, afirma Rodríguez. Se generan sentimientos y estos se viven en el cuerpo. Por eso sentir alegría y felicidad es posible gracias a una bioquímica en la que se activa un modo de funcionamiento, por ejemplo, la secreción de ciertas hormonas y la activación de ciertas zonas cerebrales que permiten vivir el sentimiento. De hecho, Robert Emmons, profesor de sicología de la Universidad de California y autor del libro Thanks! How Practicing Gratitude Can Make You Happier (¡Gracias! Cómo el practicar la gratitud puede hacerlo más feliz), sostiene que quienes son más agradecidos son menos envidiosos y rencorosos, duermen más y tienen la presión arterial a raya.

Cuando los miembros de una comunidad son más ‘agradecidos’, se crea entre ellos una relación de mosqueteros, porque se configura el ‘uno para todos y todos para uno’ y se mantienen otros valores como la solidaridad. “Se podría decir que el agradecimiento es el lazo que vincula los diferentes valores necesarios para forjar sociedades más empáticas”, explica Suárez.

FUENTE:  http://bit.ly/JjyJTl

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