En la página 40 de su edición del miércoles 14 de marzo, el diario El País incluía una espectacular página de publicidad en color. Sobre un fondo verde, la palabra Cáncer aparecía tachada en rojo. Es el logo de la mayor transnacional médica mundial especializada en cáncer: el MD Anderson Cáncer (tachado) Center. Debajo dos titulares: “Solo tenemos un objetivo: Vencer al cáncer”. “Juntos venceremos al cáncer”.


Llama la atención este desembarco en la publicidad de amplia difusión –el Anderson viene incluyendo desde hace tiempo cuñas publicitarias en programas de máxima audiencia de la SER- de una institución médica privada especializada en una enfermedad cuyo tratamiento es costosísimo (hay medicación que cuesta en torno a 6.000 euros al mes; lo que ayuda a entender el enorme negocio de las farmacéuticas y la eficacia de sus lobbies en las agencias publicas que deben autorizar sus medicamentos y sus precios) y está solo al alcance de personas extraordinariamente ricas. Que, desde luego, las hay en este país, pero no en número suficiente para asegurar un negocio basado en atraer con sueldos y bonus de alta dirección a algunos de los más brillantes oncólogos de la sanidad pública española, y que incluye la instalación de instrumental de diagnóstico y tratamiento también muy costoso. ¿Dónde está el negocio?

Por una parte, sin duda, en el miedo que inspira el cáncer, asociado en el imaginario y en la experiencia de la sociedad al sufrimiento y a la muerte. Cuando la evolución de la enfermedad alcanza los niveles de alto riesgo, incluso personas de recursos modestos pueden invertir sus bienes y ahorros, y los de sus familias, persiguiendo la última esperanza de quienes se presentan, con la cuidada ambigüedad del lenguaje publicitario, como una institución capaz de “tachar” al cáncer.
Pero esto no es suficiente: la clave del negocio en países son sistemas potentes de sanidad pública está en colonizar el sistema público. Para ello, un primer paso se da desde dentro, dejando actuar a la sobresaturación que crece en progresión geométrica de los departamentos de oncología, atendidos en condiciones tan ejemplares, como crecientemente inmanejables por un personal sanitario desbordado.
Un segundo paso, consiste en desacreditar a la sanidad pública. En su edición del jueves 15 de marzo, el diario El País informa del III Congreso Internacional sobre los cánceres ginecológicos. En la crónica sólo se recogen intervenciones de diversos especialistas del MD Anderson. El sentido general de estas ponencias es afirmar que en España no hay cirujanos oncoginecológicos capaces de realizar cirugías que permitirían doblar la esperanza de vida en cánceres de ovario. El nivel óptimo de las intervenciones sólo se alcanza en “centros de referencia”, lo que en el contexto del artículo sólo puede significar, el Anderson. Es fácil imaginarse qué puede pensar una enferma de cáncer de ovario ante esta noticia: el servicio público de salud le quita 40 meses de vida, que le daría el Anderson.
Enfin, un tercer paso consiste en quedarse con la parte más rentable del tratamiento de la enfermedad, trasladando al sistema público la parte más costosa, particularmente el coste de la medicación; es una práctica que vienen realizando desde hace años primeras figuras de la especialidad, incluso jefes de servicio en hospitales de referencia, que dan un tratamiento especial a los enfermos que pasan el costoso peaje de sus consultas privadas. Habrá que ver cómo se aplican estas auténticas estafas desde instituciones tan poderosas como el Anderson.

FUENTE: http://bit.ly/H2ivM8

Anuncios